Hubo un tiempo atrás en el que las mareas enloquecían cada noche, en el que el mar embravecía al caer del sol, llevándose consigo todo lo que encontraba a su paso.
Las olas se enorgullecían de su poder, pretendiendo tocar los olivos, invadidas por una fuerza sobrenatural.
Fue entonces cuando el Sol, cansado de encontrar el caos cada mañana, de ver bañados de sal aquellos pequeños hierbajos que con tanto esfuerzo había ayudado a florecer, cansado de campos yermos y animales desesperados, comenzó a indagar desde el celeste horizonte qué pasaba cada noche cuando donaba sus dominios a la luna.
De esta forma, a lo lejos, en una noche de desvelo observó a su amante en la distancia, el mayor platónico amor correspondido a lo largo de los siglos.
La vio a aparecer con su blanca faz, sus cabellos de plata y sus ojos claros como el agua del arrollo.
La luna se miró en el gran espejo que se extendía a sus pies y comenzó a llorar amargamente lágrimas de pura sal, que al caer a las calmadas aguas comenzaron a despertar el gris océano, haciendo imposible que le respondiese su reflejo, encontrando en su lugar miles de fragmentos de su luz.
- ¿Por qué he de encontrarme sola cada noche, sin que tu calor de sentido a mis frías mejillas, sin que tus besos acaricien mis labios yermos? Sólo quiero encontrar un reflejo con el mío al contemplar el gran espejo que me persigue cada noche.
Y las aguas embravecieron, y volvieron a arrasar con todo a su paso.
- Ahora al menos mi reflejo se encuentra acompañado por algo que tiene de tu calor y de tu cariño. El reflejo con el reflejo, así debe ser.
Al contemplar esta triste escena, el Sol, roto de dolor por ver tanta tristeza en las pupilas amadas caviló una solución por 5 noches mientras restauraba sus creaciones durante el día.
Y en el sexto atardecer, haciendo acopio de todas sus fuerzas, fragmentó dolorosamente su alma en mil pedazos, pequeños cúmulos de luz y calor, dibujando formas en el cielo, para que la luna pudiese sentir la calidez de su alma en la distancia, para que nunca volviese a sentirse sola.
De esta forma, mientras la luna aprendía a sonreír, volvieron las aguas a su calma y las olas a su lugar. Se inundaron con luz de luna los campos rebosantes de vida y los amantes al amparo de su reflejo para tocar los labios amados.
Es asi como el Sol dona su alma a la noche, quedando un cascarón sonriente y cálido para acompañar al mundo cada mañana. Y es asi cómo estos amantes estarán juntos en la distancia para siempre.
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