Me gusta de veras que se me erice el vello de los brazos y se seque la piel de mis mejillas.
Porque del frío nace el calor, y siempre tengo mi cama, dónde taparme con el edredón del sueño.
Donde todo es posible y encuentro el sofoco de unos abrazos sin nombre que esperan a que algún día salga de la comodidad de la horizontalidad mullida para entrar en un suave rozar cada mañana.
No tengo claro el color de tus ojos, lo que sé es que serán el reflejo de mi alma, el despertar de mis sentidos y el renacer de mi incierto futuro, del que no quiero saber nada, porque ahora no quiero ser nada,
más que el pasar de los minutos.
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