domingo, 30 de septiembre de 2012

Con océanos de hielo.

Sentía las lágrimas brotando descontroladas de mis ojos, surcando al galope mis mejillas, bailando enloquecidas en la comisura de mis labios, no entendía el por qué de mi llanto, quizá mis entumecidas emociones habían decidido volver a sentir, en un gran golpe de estado contra mi conciencia humana, para intentar hacer volver mi cara más animal.


Me arreglé, algo en mi piel necesitaba salir de aquella suntuosa casa, con un sencillo vestido y un buen abrigo de lana me aventuré a salir a la calle, aunque esas horas no eran las más adecuadas para que una señora de mi posición saliese sola a la calle.


Lástima que los animales no entiendan de protocolo.


Me aventuré por aquellas calles a las que se me tenía totalmente prohibido deambular, sintiendo el aire fresco cortando mis mejillas, sintiendo el invierno en el frío de mi nariz, sintiéndome viva de nuevo.


De repente, a la vuelta de la esquina, encontré algo familiar, que me hizo recordar el porqué me habían llevado allí mis pies enloquecidos.


No, no pude entrar, demasiados recuerdos al otro lado de la puerta, demasiados momentos escondidos entre las estanterías de una librería mugrienta de uno de los barrios más pobres de la ciudad, me decidí a asomarme al escaparate, intentando ver algo de lo que moraba en aquel mar de sueños lejanos.


Las lágrimas volvieron a surcar mis mejillas, yendo a morir a la comisura de mis labios, esta vez tornados hacia arriba, tensos, como hacía mucho que no estaban, cuando pude ver cómo el cariño y los besos inundaban aquel océano de sueños que han cambiado de destinatario, al ver cómo el destino pone a cada cual en su lugar.

Tantas esperanzas, sueños, ilusiones, tanto calor y tanto amor, volvieron a recordarme que, en un tiempo pasado, tuve algo dentro de mi cascarón.

Decidí alejarme por donde había venido, esperando que mi presencia hubiese pasado inadvertida en todo aquel mar de calma, para volver a casa, pero no a aquella edificación de la que había salido, sola e inerte, buscando el calor que un día perdí en verano.



Y me quité el abrigo, y comencé a danzar bajo el invierno, tornando la nieve en flores, y el frío en primavera.



martes, 18 de septiembre de 2012

Nada como echarte de menos.

Cierto, pena me dan esas parejas de jóvenes, e incluso de adolescentes que consagran su existencia presente a dedicarse en cuerpo y alma, las 24 horas del día, los 7 días de la semana, a su pareja, a su alma gemela.
Esa necesidad imperiosa de verse todos y cada uno de los días, aunque sea lunes y tengas examen el martes, que más da.
Esas conversaciones infitas por wassap o alguna red social, en las que las moñadas superan las frases coherentes.

Que pena, porque no sabéis apreciar lo que es anhelar al ser amado.

Pensáis que la mejor forma de demostrar vuestra devoción mutua es, por supuesto, estar juntos siempre y para siempre.

Abrir lo ojos, con todo un día por delante, para realizarte, para hacer de tí alguien mejor, para así poder honrar a la persona por la que darías tu existencia, y que ello no dependa de esa persona, sorprender al final del día con una historia asombrosa, o una anécdota de cafetería, mientras ruedas en tu cama ansiando sentir su presencia.

Cuando aparece en tu campo de visión, no es algo cotidiano, no es algo rutinario como el ponerse los zapatos, es una amanecida loca, un cúmulo de alegría que te llena por dentro y te impulsa a saltar adelante para abrazarlo, y saber que está ahí, que no lo estás imaginando, como haces cada noche.

Y poco a poco crecer juntos, pero con vidas ajenas a la relación, amigos que presentar mutuamente, anécdotas que contar con acalorada emoción o con lágrimas en los ojos, con momentos vividos juntos, por supuesto, con besos desesperados que anhelan los labios que te faltan cada mañana.

Y llegar, tocando todos los pasos de la vida, sin dar un salto desesperado a un vacío incierto.
Despertar cada mañana a su lado, para que, eso que considerabas un sueño, se convierta en una realidad.

Consagrar tu vida a la persona por la que te has jurado matar o morir.

Sin que se convierta en unos vulgares mocasines.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Y, algún día, tocar el cielo.

Cuan maravilloso sería poder rozar las nubes, pero no las nubes verdaderas, las que sabemos que son sólo agua de la que moja y ya está, tocar esas nubes con las que siempre soñamos, sobre las que andan los ángeles, y que saben a ese algodón de azúcar que venden en las ferias y la semana santa.


Maravilloso sería poder cerrar los ojos y realizar todo lo que nos arranca una sonrisa imaginar.

Correr por verdes praderas con el pelo revuelto, largo y despreocupado, bañarse en ríos llenos de peces y de vida, mirar al cielo azul, y ansiar llegar a tocarlo.

Cabalgar a lomos de un corcel desvocado, casi tan salvaje como tú te sientes encerrado en esta gran jaula de asfalto y hormigón, y alejarte de todo lo que te encadena a esta vida de luz artificial y comida envasada.

Y digo yo, ¿por qué no?

Quizá no hoy, ni mañana, pero algún día, estoy segura, de que cabalgaré a lomos, puede que no de un corcel, seguramente sea un simple burro, pero os aseguro, que llevaré el pelo revuelto, largo como sólo yo podría tenerlo, descuidado, porque no es lo que me quita el sueño, y me bañaré en un río, aunque no haya peces que me mordisqueen las pantorrillas, y tumbada en algún pequeño prado, rodeada de malas hierbas, respirando cada rayo de sol que me ilumine,  tocaré el cielo...

Y las nubes, sabrán como siempre hemos soñado.