viernes, 7 de septiembre de 2012

Y, algún día, tocar el cielo.

Cuan maravilloso sería poder rozar las nubes, pero no las nubes verdaderas, las que sabemos que son sólo agua de la que moja y ya está, tocar esas nubes con las que siempre soñamos, sobre las que andan los ángeles, y que saben a ese algodón de azúcar que venden en las ferias y la semana santa.


Maravilloso sería poder cerrar los ojos y realizar todo lo que nos arranca una sonrisa imaginar.

Correr por verdes praderas con el pelo revuelto, largo y despreocupado, bañarse en ríos llenos de peces y de vida, mirar al cielo azul, y ansiar llegar a tocarlo.

Cabalgar a lomos de un corcel desvocado, casi tan salvaje como tú te sientes encerrado en esta gran jaula de asfalto y hormigón, y alejarte de todo lo que te encadena a esta vida de luz artificial y comida envasada.

Y digo yo, ¿por qué no?

Quizá no hoy, ni mañana, pero algún día, estoy segura, de que cabalgaré a lomos, puede que no de un corcel, seguramente sea un simple burro, pero os aseguro, que llevaré el pelo revuelto, largo como sólo yo podría tenerlo, descuidado, porque no es lo que me quita el sueño, y me bañaré en un río, aunque no haya peces que me mordisqueen las pantorrillas, y tumbada en algún pequeño prado, rodeada de malas hierbas, respirando cada rayo de sol que me ilumine,  tocaré el cielo...

Y las nubes, sabrán como siempre hemos soñado.

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