El momento en el que dejas de querer ser algo, para comenzar a serlo.
Acostumbrado a que lo hagan todo por nosotros, nos hemos limitado a la comodidad del sillón que supone nuestro más fiel refugio, inactivando nuestra alma y calmando a tientas nuestros corazones desvocados que solo quieren pasar a la acción y trotar libres.
Tenemos todo el tiempo del mundo.
Seres ociosos, condescencientes consigo mismos, que se apiadan de su simple existencia poniendose trabas continuamente, excusas baratas que se amontonan sobre nuestro consciente, que lo adormecen, y que nos convierten en simples, en simples vacíos, nadas, cascarones que no encuentran cabida en un cesto de huevos.
Pero llega un momento, o puede que sean muchos, que hacen que queramos llenar el cascarón, que nos hace levantarnos, alzarnos contra nosotros mismos, tomar nuestro corazón desvocado y cabalgar sobre él, espada en mano, a conquistar en castillo de nuestra alma.
El asedio puede ser largo, fatigoso e incluso contar con bajas; lágrimas, dolor y sufrimiento lo acompañan, pero también el júbilo nos da la mano cada vez que nos alzamos con la victoria.
Y al final, sólo si hemos conseguido no caer del caballo, sólo si hemos conseguido adaptarnos a su ritmo y desvocarnos, sin volvernos a sentar jamás en la comodidad de nuestro sillón sin haber ganado una batalla ese día.
Sólo entonces, conseguiremos vivir en el castillo de nuestra alma, con todo lo que conlleva, reinaremos sobre el sentido de la existencia que nos marca el destino y habremos pasado de querer ser...a ser.
No hay comentarios:
Publicar un comentario