martes, 6 de marzo de 2012

And we said...hello

En el ardor de la batalla, a lomos de un corcel bastardo me alzo sedienta de sangre, impetuosos son mis movimientos, mis estocadas certeras, maldita está mi espada...pero así es como debe ser.

Los enemigos son numerosos, superiores en muchos sentidos, pero carecen de algo que me hace subirme al caballo cada día...

honor.

Yo me alzo en nombre de mí misma, de mis convicciones, la única coraza que tengo para proteger mi cuerpo son los ideales que he conseguido mamar de la leche materna, además de aquellos que me han tatuado a fuego en el patio de armas, remachando los adornos de ésta cada una de las estocadas que han intentado llegar a mis carnes blancas.

No necesito dioses invisibles, ni tampoco visibles, no es para mi la gloria ni el oro, no preciso de grandes banquetes y jamás he buscado vestidos galantes o adornos con los que realzar mi belleza sobre la de las demás.

Me gusta sentir el sudor en el rostro, las llamas de la batalla, me gusta el miedo en los ojos de mis enemigos, los lamentos y los gritos de sufrimiento, me gusta verlos rogarle a sus amados dioses, y preguntar ¿dónde está tu dios ahora?

Ver como sus banquetes arden, ver marchita su belleza y rasgados sus vestidos, pueden venerar todo lo que quieran a ese ser superior al que han alzado sobre sus propias cabezas, pueden llorar, porque el tiempo no se detiene para nadie, por mucho que pesen sus alforjas.

Y llegado el momento, verlos desfallecer, bajo mi espada o en su lecho sombrío, rodeados de monedas de oro, rezándole a su dios falso, vanal e inhumano, porque les salve de su cruento destino. Para poder mirarles desde arriba, con la melena canosa y los labios arrugados, siempre con una sonrisa en el rostro, feliz de no haber sucumbido bajo tal Dios, rey o monarca.

El oro, dueño de todo y de todos, jamás me tendrá entre sus sábanas.

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