lunes, 18 de febrero de 2013

Con los alveolos a medio camino.

Hoy he subido más alto, he llegado hasta dónde nunca pensé que podrían llevarme mis torpes piernas, he visto las nubes bajo mis pies, rodeándome un mar de agua en proceso de condensación, ahora os puedo decir que las nubes no saben a nada, pero que te refrescan y te despejan el alma de todas esas cargas que te da el día a día.

Hoy he crecido, en un momento, quizá por la falta de oxígeno mezclado con las recientes palabras de un gran filósofo, que me han sido transmitidas en papel y tinta, como debe ser.

Hoy, el ''último hombre'' ha aparecido allí, al borde del precipicio, comentando sosegado, que no merece tanto esfuerzo llegar a la cima, podría ver las mismas imágenes que contempla mi rostro quemado por el sol en la tranquilidad de mi sofá, con mi portátil, música agradable y una manta para protegerme del frío.

Y también he encontrado al ''super hombre'' encalomado a la mayor e inaccesible cima, radiante, fuerte y lleno de júbilo, instándome a subir, a no abandonar nunca, a ser yo mi propia deidad, y a saber que puedo crear lo que quiera. Me ha gritado que viva, que sueñe, que mire, observe, calle, hable y, sobre todo,  aprenda.

Me ha instado a volver a ser una niña. A dejar de crecer en la carrera del ''último hombre'' que precisa de venenos para hacer su camino agradable, que necesita siempre la seguridad y el calor para poder sentirse vivo. A salirme de todos los cánones, a romper todo lo que se espera, a darle rienda suelta a la decadencia y la cadencia perfecta, a rozar la atonalidad mientras compongo clasicismo con el otro hemisferio cerebral.

A sentir, a sentirlo todo.

En el miedo, en el dolor, lo mejor de mi alma.

Y antes de bajar, con el corazón henchido de júbilo y las piernas rebosantes de nueva energía, he empujado a ese hombre vacío que ya no vive. No para darle muerte, sino para que, en el último dolor, pueda comenzar a existir.


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